Hace unos días, me detuve un par de minutos a las afueras del Ministerio de Relaciones Exteriores, tenía mi renovado pasaporte en las manos y una expresión que alejó de inmediato a los vendedores ambulantes que rodean a las personas ofreciendo estuches y vainas para decorar el preciado documento; ojalá tuviesen algo que me arregle la foto, me fui diciendo entre dientes.

Al alejarme del sitio recordé que en unas horas debía estar en la Iglesia de Guápulo para un encuentro con amigos que pretendían conocer el lugar de pies a cabeza y, como suelo hablar constantemente de “Guápulo City”, decidieron escogerme como su guía. En el camino iba tarareando: “quiero alguien que tenga la cura para la loquera, un suero para la demencia y pasaporte a Guápulo”, una canción de la banda quiteña Bueyes de Madera que no podía ser más precisa para el momento.

A post shared by Guápulo City (@guapulocity) on

Cuando llegué a la plaza estaba exhausta, caminar por los senderos casi secretos de esta mini ciudad no es cosa sencilla, pero se compensa con el extenso paisaje de los valles orientales, también con la mirada encantada de los extranjeros que parecen haber encontrado la hueca perfecta, les embarga la emoción y entendí que por eso algunos hasta se quedan a vivir ahí.

Guápulo es un barrio de la ciudad de Quito. Los españoles lo fundaron originalmente como una ciudad independiente y lo que pocos saben es que se trata de una meseta desde la cual Francisco de Orellana decidió empezar el viaje que lo llevaría a descubrir el río Amazonas. Posteriormente, en el siglo XVI, en la meseta principal se edificó la iglesia de Nuestra Señora de Guápulo que se podría decir, es el principal atractivo pues posee un gran valor artístico y es tan especial que muchas parejas deciden casarse ahí, lo cual me parece un detallazo.

Interior de la Iglesia de Guápulo construida en 1620, Flicker: Enrique Calero Herrera

“Por este lado podemos apreciar mejor el contraste entre la zona urbana y rural, por acá en cambio tenemos el Parque de Guápulo” decía con tonito de guía experta, evitando jadear por el cansancio en la empinada calle Francisco Compte, y aunque solo lo hacía por entretener a mis amigos, poco a poco me fui dando cuenta de que este espacio es aún más especial de lo que pensaba. Resultó que en ese parque, según la información de la entrada, se encuentra la mayor cantidad de aves, más que en cualquier otra área verde de la ciudad: 250 especies de 31 tipos distintos y un trinar intenso que por esta ocasión me anunciaba el anochecer.

Entrada del Parque de Guápulo, tripadvisor.com

Hasta el año 2013 esta propiedad fue privada, actualmente es de libre acceso y cuenta con senderos ecológicos, juegos infantiles, jardines, zona de camping y un mirador. El Parque de Guápulo atiende desde las 06h00 de la mañana y cierra a las 18h30 así que nos vimos obligados a salir y seguir subiendo por uno de los tantos senderos de gradas; todos los caminos empinados llevan a la ciudad, es lo bueno, pero uno de ellos tiene en su trayecto artesanías, restaurantes y bares, se trata de la calle Camino de Orellana.

Desde ahí continuaba con mi explicación: “esa estructura del fondo es el reservorio de Guápulo, en el recoveco de más arriba está la casa del taita Bola, un conocido shamán que recibe a turistas en busca de experiencias y rituales con la Pachamama, y a la derecha una persona que saluda”, todos regresaron a ver, estaba oscureciendo y la neblina en enero se pronuncia temprano desde el Este; teníamos signos evidentes de cansancio pero al acercarnos, este personaje nos recibió, era el Andresito Caicedo, dueño del Ananké, una pizzería popular de la zona.

Andrés no solo es famoso por sus pizzas, también es el baterista de Guardarraya, banda emblemática de Quito; promueve la escena cultural de Guápulo y ha escrito un libro para bateristas, o sea, todo un capo. Se despidió de inmediato pues seguramente tenía un ensayo, pero antes nos dio la bienvenida y al fin pudimos sentarnos a descansar. 

Fuente: ©María Ángeles Moreno

Mientras nos servían la orden de bebidas y comida, concluimos en que el cansancio valía totalmente la pena, la vista era inspiradora y la música de los Bueyes de Madera volvió a dar señales, ellos cantan que “todo se cura con el tambor y así bajamos a Guápulo”. Luego saqué mi pasaporte para poner en discusión el tema de la foto y solo diré que hubo risas, exageradas risas de hecho.

El desenlace fue una suerte de reflexión, para llegar al Camino de Orellana y pasar un buen rato con mi gente en realidad no necesité de ningún pasaporte y de lugares como estos uno sale inevitablemente sanado (y eso que no visitamos al shamán). Así que no me queda más que extender la invitación, en Guápulo se generan experiencias buenas hasta para exportar.

Escrito por: Andrea Palma

¡COMENTA AQUÍ!

No Hay Más Artículos