Como estamos evidenciando en los últimos meses, declararle la guerra a los grafitis resultó literalmente en una pelea por quién tiene más alcance en los espacios de la ciudad: los grafiteros o el municipio, es decir, quién raya más o quién limpia más paredes, todo motivado por un clima de inestabilidad política y social, en la que las amenazas de las autoridades son solo más gasolina para este fuego.

A estas alturas, seguir discutiendo qué es arte y qué es vandalismo, es un asunto quemado, quizás porque quienes se han atrevido a grafitear los bienes públicos de la ciudad, no están necesariamente interesados en ser valorados como artistas, sino que tratan de emitir inconformidad, una expresión que ya sabemos que no es artística, pero nos negamos a entender que es decididamente política.

Esto no quiere decir que, sus muestras de anarquismo deban ser aplaudidas, menos cuando un grupo amordaza e inmoviliza a los guardias para meterse en los Talleres y Cocheras del Metro de Quito. De hecho, este ambiente es punitivo: el COIP sanciona el daño a los bienes públicos con 1 a 3 años de prisión como normal general, pero como este caso tiene agravantes, la pena podría extenderse hasta 5 años de prisión.

Vagon del Metro de Quito, recién llegadito pagó piso. Foto: Quito Informa

Lo que sí vale la pena preguntarse es, ¿qué clase de propuesta necesita esta cultura urbana subterránea para detener sus impulsos? ¿cuáles son sus necesidades? ¿hasta dónde llegarán sus actos de repudio? ¿será que es momento de declararles la paz y no la guerra?

Recordemos que se trata también de una suerte de homenaje, ya que los pseudónimos Shuk, Skil y Suber fueron pintados con letras amarillas en la parte frontal del vagón del Metro, en honor a los tres grafiteros del colectivo VSK Crew que murieron el 21 de julio en Bogotá, Colombia, al ser arrollados por un tren, un hecho que conmovió a la comunidad grafitera de américa del sur.

Foto: Incursión de grupos grafiteros en el Metro de Medellín año 2014.

Para muchos, los grafitis en los buses de turismo o los vagones del Metro fueron acciones torpes, pero como depende del intérprete, otros aseguran que nada ganamos blanqueando la ciudad por fuera, si cargamos amplios conflictos urbanos.

Entonces, lo que nos comunican los grupos que grafitean la ciudad sin pena, no son solo tags y lettering ​(firmas). Quizás es una muestra que proclama: “no queremos hablar su mismo lenguaje, este es nuestro discurso de reacción ante la realidad ciudadana”.

El Municipio de Quito ya ha invertido 1,5 millones de dólares en combatir los grafitis en la ciudad. Además, el Instituto Metropolitano de Patrimonio gastó 900 mil dólares en pintar y limpiar fachadas históricas, sin embargo, puede que sea el diálogo una estrategia más barata y necesaria.

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Redacción alminuto.info

Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO


 

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